Mantén la calma.
¿Qué importaba que se formaran dos enormes bultos de grasa en mis mejillas cuando sonreía? ¿Qué importaba que tuviese que ponerme talco en la entrepierna para que mis muslos no se rozaran al caminar cuando llevaba falda? Qué importaba.
Sonreía cuando veía que la blusa de botones del uniforme, no alcanzaba a cerrarme bien por el buen tamaño de mis senos. ¡Ya tenía senos! ¿Qué importaba que mi cintura midiera 75 centímetros? Nadie me dice nada, nadie se burla de mi, quizá mis admiradores no son precisamente Brad Pitt, pero, no soy incapaz de tener a quién me gusta. Daniel tampoco ha dejado de quererme. Sigo siendo igual de buena que siempre. Incluso mejor. No me importaba ya nada de esas tonterías de adelgazar.
Estoy buena ahora, mi vida es muy plena y feliz en la preparatoria. Me divierto mucho con mis amigos, siempre bromeamos, platicamos y salimos a beber. Me encanta beber, es muy divertido estar ebria, hago cosas muy fuera de lo común, conozco gente, chicos y bailo, canto, soy feliz.
No niego que a veces me miro al espejo con cierta inconformidad. Pero recuerdo en lo que estuve metida y me convenzo a mi misma de que, no soy gorda, no tan gorda como en el espejo me percibo,
A veces tengo el complejo de que mis amigas son más delgadas que yo, pero basta con compararme con sus cuerpos y deducir que no estaba tan lejos de ser como ellas... y que si me sentía muy gorda, sin duda era por mi tendencia a obsesionarme con el peso... si, debe ser eso.
Soy tan feliz, tan normal. Ya no soy la señalada de la escuela. Es fascinante comer sin culpa, ¡lo que me plazca! ¡lo que se me antoje! No importa las calorías, no importa la cantidad, como hasta estar llena, no me quedo con una pizca de hambre. Voy al colegio por la tarde. Me levanto tarde, hago mis tareas, me arreglo y como antes de irme. En el receso, como lo que se me antoja, tortas, quesadillas, bolsas de cheetos o nieves. Cuando salgo, me compro alguna botana, y bebo, me voy a tomar, la bebida que sea, no importa, mientras emborrache, me parece bien. Llego un poco menos ebria a casa, y de nuevo como, ceno lo que quedó de la comida o me preparo algo hasta llenarme.
Y me acuesto a dormir. Ya incluso no leo de forma tan compulsiva, soy puros amigos y fiesta, pero qué importa, me he olvidado de pasar todas esas calamidades que sufría antes.
Reincidir.
Ya tiene días que dejé de sentirme tan bien como antes. Ya no me la creo tan fácil. Ya no me siento tan bonita, ni siento que tenga buen cuerpo. Daniel dice que me veo bien, siempre me dice cosas lindas, pero la verdad es que, ya no confío en lo que veo. Cada vez que observo las fotos que mis amigas suben a Facebook, me desetiqueto en la mayoría. Soy la más fea, la más gorda, la más ordinaria. ¿Será que no soy fotogénica? ¿Será que no era mi ángulo? O quizá, tal vez si soy gorda y no lo quiero ver. No sé, pero, sentí una necesidad de pesarme. 67 kilos, con mi 1,60 de estatura. No puede ser. ¡SI ESTOY GORDA!
Bastó con terminar la preparatoria para empezar a quedarme sin actividad. Es decir, veía a mis amigos, de vez en cuando, pero ya no era diario. Volví a pasar mucho tiempo en el computador, donde aparecían fotografías de mujeres con cuerpos que, de nuevo empecé a anhelar con ansiedad.
Me empecé a sentir poca cosa, y decidí inscribirme al gimnasio. No funciona, no bajo como quiero, y yo sé la receta para bajar rápido. Yo sé lo que tengo que hacer, yo sé que soy capaz de ello.
Empecé a recortar como loca las imágenes de chicas delgadas en revistas, y me propuse, esa misma tarde, empezar a evadir de nuevo los alimentos. Ya que conozco la manera en la que me hundo, esta vez sabré hasta donde llegar...
50 kilos me parece justo. No me obsesionaré tanto como antes. Ya que acabé la preparatoria antes que mi generación, tengo un año sabático, que usaré para adelgazar y llegar renovada a la universidad.
Me la paso en mi casa. Pasaron ya meses, varios. Estoy ya cerca de los 50 kilos, aunque aún no siento que sea momento de parar. Quizá solo adelgace hasta 45. De la nada, dejó de llamarme la atención salir con los mismos de siempre, yo creo que ya me aburrieron o no congeniamos. Ahora solo la paso en mi casa, con Daniel, o yendo a ayudar a mi tío, que es modista, me pongo a bordar, me entretengo y gano dinero, y no me acuerdo de la comida. Mi tiempo libre lo sigo ocupando para aislarme en mi cuarto, y leerme un libro entero en el día, otro en la noche, hasta la madrugada. No me interesa lo mucho que la pase sola, por el momento estoy muy gorda, ya habrá tiempo de volver a tener vida social en cuanto sea delgada.
De igual manera, mis ideas dejaron de ser compatibles con las de mis amigas. Yo ya no como, ellas salen a restaurantes. Será mejor evitarlo. No sé con quién hablar ni entretenerme, no bromeo ni platico con nadie últimamente, no tengo nada que decir, más que estoy adelgazando, y que no puedo pensar en otra cosa. Y a nadie puedo estarle contando estas cosas. Extraño mucho a Valentina.
Por casualidad, he encontrado en Twitter un círculo de niñas anoréxicas, Ana y Mia... pensé que era una broma que se llamaran así, pero supongo que es lo de hoy, empecé a seguirles para ver si entablaba con alguna de ellas una conversación interesante. Ninguna me devolvió el follow. ¿QUÉ? ¿Tengo que hacerme una estúpida cuenta que anuncie que tengo anorexia? Muy bien.
No le pondré Ana y Mia, que común me vería. Pero si le pondré algo que denote que también estoy en esas cosas. Efectivamente, esta vez me siguieron. No creo llegar si quiera a 100 seguidores, pero espero conocer a al menos una chica o chico que entienda lo que digo.
sábado, 15 de noviembre de 2014
Diario de alguien [5]
Historias del hogar de los locos.
Marlenne.
Al principio, no había día que no la vieras llorar en la mesa, con su plato en frente. Sus brazos parecían texturizados. Texturizados por un estampado de cicatrices, algunos círculos, algunas quemaduras, algunas líneas, líneas gruesas. Luego, notabas que sus piernas estaban igual. No había parte de su cuerpo que no estuviera llena de cicatrices de autolesión. Muchísimas marcas de sutura. Su tez era apiñonada, su cabello, o el poco que le quedaba, muy rizado. Delgada, sin ser alarmante. Siempre tenía frío y no tenía uñas, se las comía. Pero era muy sociable. Mostraba sus cicatrices a sus anchas, me dijo que en este lugar, todas nosotras la entendíamos. Y era cierto. Yo no me cortaba, pero la entendía. Ella ya llevaba varios meses, tres, para ser exactos. No tardó en irse, en un mes se fue. Antes de irse, un día antes, estuvimos platicando por horas en el patio. Me contó como dejó su adicción al thinner y al pegamento. Recordé un poco el cristal. Me enseñó sus cicatrices en las venas, me contó que su madre tenía cáncer, y que ella solo se estaba curando para que su madre muriera tranquila. Ella se fue, pero regresó dos meses después, con la boca cortada, igual que la de mi amiga. Me recordó tanto su cara, a la de mi amiga Valentina, cuando le dije adiós.
Eduard.
Conocido como Eduard, su nombre, Eduardo. Chico moreno, alto y guapo. Delgado, wow, era tan delgado. Se veía tan frágil. Su cuerpo era un palo, de verdad que si. Su cara atractiva pero muy muy afinada, cada facción se le marcaba, era muy flaco. Lo único malo: no tenía brazo.
Lo que pasó con su brazo se quedó en el misterio. Eduardo se rehabilitó y salió dos meses antes que yo, muy rellenito y con ganas de salir adelante, honestamente no entendía su entusiasmo... puesto que tenía además sida, su homosexualidad lo alejó de su incomprensiva familia. No cabe duda que a veces, comparándome con otros, tengo suerte. Un chico alto y fuerte vino por el el día que Eduard se fue. Le dio un fuerte abrazo. Creo que sigo deduciendo que eran pareja.
Katia.
No solo lloraba a la hora de la comida, ella lloraba siempre. Sus ojos siempre estaban nublados por las lágrimas. Su cuerpo era frágil, sus huesos se marcaban todos, todos y cada uno. Quizá fue de las personas que más llegué a apreciar. Sus ataques de ansiedad eran muy seguido, justo cuando yo creía que estaba mejorando, empezaba a actuar como loca hasta que la sedaban y desaparecía por días. Después, cuando la volvía a ver, su rostro aparecía cada vez más infeliz. Ella me confesó que su único plan era morir, pero que en esa cárcel ni si quiera te podían permitir morir a gusto.
De un día para otro, Katia empezó a mejorar. No entendí como empezó a poner esfuerzos en recuperarse, pasaron semanas y ella ya comía, era más extrovertida, sonreía más, subió de peso. Pasaron meses. Estaba bien, a punto de salir, quizá, pues yo estaba tan segura de que no faltaba mucho, que le obsequié mi iPod. Pidió que se le comprara una cubeta de pollo KFC, como premio por haberse superado, (era una tradición premiar con tu comida favorita al alcanzar tu peso sano, no sé por qué era considerado premio). Katia se lo llevo a su cuarto para la cena. Al otro día fue encontrada en su cama, con los huesitos de pollo partidos, para hacer su punta punzante. Todos estaban introducidos en su garganta. Estaba muerta.
Natalia.
Natalia no era tan joven como todas. Era ya mayor de 30 años, y esta era su décima rehabilitación. Al principio, como todas, no hablaba mucho, su cara reflejaba miseria. Su estado, deplorable. Su cuerpo era un esqueleto total, su cara lucía como la de una anciana, su piel, también, llena de venas, la piel reseca, pegada al hueso, pero a su vez un poco colgada, cada articulación, hueso y vena, era visible. Sus huesos eran un relieve amoratado que sobresalía de su piel opaca y pálida. No tenía cabello, era totalmente calva. Sus ojos tenían derrames, hilillos rojizos por todo el globo ocular. Era de las pocas que comían comida especial porque su estómago soportaba solo cierto tipo de alimentos y porque ya no tenía dientes. Me sorprendía de que, a pesar de su estado, no era aislada, siempre estaba con las demás. Luego, me percaté de que ella no se oponía nunca al tratamiento, comía lo que se le daba, hacía lo que se le decía. Me dijo que yo le recordaba un poco a ella cuando era más joven.
Su avance fue notable. Subió de peso, no se veía la más sana del mundo, pero su voluntad era de acero. No tenía nada a qué salir. No tenía amigos, pareja, ni si quiera familia, ellos ya la habían abandonado desde su tercer rehabilitación. Ella dijo que seguiría intentando. Hace unos meses la vi en Facebook. Vive en Estados Unidos, se dedica al Crossfit y tiene una pareja, que por cierto es mujer. Y tienen una niña.
Olivia.
Desde que llegué, hacía todo lo que me pedían con obligación y recelo. Me costó trabajo entender que aquí mi opinión y mi título de persona, no servían de nada y que a nadie le interesaba. Soporté día tras día el asqueroso sabor y olor de la comida y sobre todo, de ese maldito y repugnante licuado. La verdad, es que su método de curación, no era el que la Doctora Robles le dijo a mi madre. Su método era hacer que nuestra vida fuera un infierno, para que el miedo a volver a caer allí, nos motivara a no recaer. Me tomó tiempo comprender mi papel. Al principio resistía los días de encierro, ¿si no como me encerrarán aquí? PERFECTO, ¿Qué más da? Ni quien quiera salir. Pero fue espantoso. Me quitaron mi ropa y solo traía puesta una bata delgada. Era invierno, mis cobijas seguían manchadas del licuado que tiré el primer día, ¡me quitaron mis mantas! Sólo tenía sábanas. El frío era insoportable, al igual la soledad y el aburrimiento de estar allí, entre cuatro paredes naranjas, donde no hay si quiera una caja de cereal que leer. El hedor de la comida podrida acumulada en la habitación era espantoso. Después, me quitaron el foco. Esto me hizo enojar tanto, que comencé a golpear las puertas y el vidrio de la ventana, que no pude romper. Traté de romper la cama y matarme con algún alambre. No lo logré, pero empecé a gritar y a dejarme llevar por la histeria. No fue mucho tiempo, las enfermeras llegaron y me amordazaron, me pusieron cinta en la boca y después me rodearon los brazos. Quedé inmóvil y callada. Ese día no hubo cena y dormí inmovilizada y muriéndome de frío. Al día siguiente, perdí la noción del tiempo, no había luz del foco y me habían tapado la ventana con bolsa negra. Cada minuto se pasó lento. Mi fuerza se rompió y volví a llorar.
No supe que hora era cuando la enfermera llegó y me volvió a dar de comer. Esta vez no me opuse y comí, comí con tanta decisión que parecía que aquel pan duro con consomé de pollo eran mi manjar favorito. Cada vez que deseaba ir al baño, tenía que tocar un timbre. Solo podía ir al baño si había transcurrido al menos media hora después de la comida. Alguna enfermera llegaba, y me abría el baño. Este baño era pequeño, con puertas de acrílico opaco, que no llegaba a cubrirte los pies. Justo como los baños públicos de un centro comercial. A continuación, la enfermera me pedía que pusiera las manos sobre el acrílico, para que pudieran ser vistas por ella. Observaba así que no usara mis dedos para provocarme vómito y que mis pies no delataran que me ponía de espaldas para inclinar mi cabeza a la taza. Salir y comer en el comedor general tampoco fue gran cosa. Nos revisaban siempre para no hacer trampas, y a menudo las enfermeras se burlaban de nosotros, y todos alrededor de la enorme mesa, terminábamos llorando mientras comíamos con esfuerzo. La amargura de las lágrimas de todos se me contagiaba, y por alguna razón, las ganas de llorar eran inaguantables.
Las enfermeras no tenían mejor adjetivo calificativo que, ''hijas de puta''. Echaban a perder toda la terapia psiquiátrica que recibíamos, diciéndonos que ''nos veíamos más gordas'' o que ''estás a punto de reventar, pero sigue comiendo, que no te queda de otra''.
Había una enfermera joven especialmente ensañada conmigo. Todo el tiempo se burlaba de mi, hasta que una vez me sacó de quicio y no tuve más que agarrarla a golpes, hasta terminar pisoteándole la cara salvajemente hasta que alguien llegó a detenerme. Quizá pasé 18 días de encierro y amordazada de vez en cuando, pero me alegra que ella perdió tres dientes y nunca los recuperará. Perra.
Mi estancia por mi mala conducta se alargó a 8 meses. Cuando salí, ya pesaba lo doble que pesaba al entrar. Pero salí bien, o al menos, así me lavé el cerebro, porque más valía creérmela, o de lo contrario, volvería a caer en esa mierda de lugar.
De todas formas, si no fuera por el encierro, no me hubiera salvado de morir a los 15 años.
Katia.
No solo lloraba a la hora de la comida, ella lloraba siempre. Sus ojos siempre estaban nublados por las lágrimas. Su cuerpo era frágil, sus huesos se marcaban todos, todos y cada uno. Quizá fue de las personas que más llegué a apreciar. Sus ataques de ansiedad eran muy seguido, justo cuando yo creía que estaba mejorando, empezaba a actuar como loca hasta que la sedaban y desaparecía por días. Después, cuando la volvía a ver, su rostro aparecía cada vez más infeliz. Ella me confesó que su único plan era morir, pero que en esa cárcel ni si quiera te podían permitir morir a gusto.
De un día para otro, Katia empezó a mejorar. No entendí como empezó a poner esfuerzos en recuperarse, pasaron semanas y ella ya comía, era más extrovertida, sonreía más, subió de peso. Pasaron meses. Estaba bien, a punto de salir, quizá, pues yo estaba tan segura de que no faltaba mucho, que le obsequié mi iPod. Pidió que se le comprara una cubeta de pollo KFC, como premio por haberse superado, (era una tradición premiar con tu comida favorita al alcanzar tu peso sano, no sé por qué era considerado premio). Katia se lo llevo a su cuarto para la cena. Al otro día fue encontrada en su cama, con los huesitos de pollo partidos, para hacer su punta punzante. Todos estaban introducidos en su garganta. Estaba muerta.
Natalia.
Natalia no era tan joven como todas. Era ya mayor de 30 años, y esta era su décima rehabilitación. Al principio, como todas, no hablaba mucho, su cara reflejaba miseria. Su estado, deplorable. Su cuerpo era un esqueleto total, su cara lucía como la de una anciana, su piel, también, llena de venas, la piel reseca, pegada al hueso, pero a su vez un poco colgada, cada articulación, hueso y vena, era visible. Sus huesos eran un relieve amoratado que sobresalía de su piel opaca y pálida. No tenía cabello, era totalmente calva. Sus ojos tenían derrames, hilillos rojizos por todo el globo ocular. Era de las pocas que comían comida especial porque su estómago soportaba solo cierto tipo de alimentos y porque ya no tenía dientes. Me sorprendía de que, a pesar de su estado, no era aislada, siempre estaba con las demás. Luego, me percaté de que ella no se oponía nunca al tratamiento, comía lo que se le daba, hacía lo que se le decía. Me dijo que yo le recordaba un poco a ella cuando era más joven.
Su avance fue notable. Subió de peso, no se veía la más sana del mundo, pero su voluntad era de acero. No tenía nada a qué salir. No tenía amigos, pareja, ni si quiera familia, ellos ya la habían abandonado desde su tercer rehabilitación. Ella dijo que seguiría intentando. Hace unos meses la vi en Facebook. Vive en Estados Unidos, se dedica al Crossfit y tiene una pareja, que por cierto es mujer. Y tienen una niña.
Olivia.
Desde que llegué, hacía todo lo que me pedían con obligación y recelo. Me costó trabajo entender que aquí mi opinión y mi título de persona, no servían de nada y que a nadie le interesaba. Soporté día tras día el asqueroso sabor y olor de la comida y sobre todo, de ese maldito y repugnante licuado. La verdad, es que su método de curación, no era el que la Doctora Robles le dijo a mi madre. Su método era hacer que nuestra vida fuera un infierno, para que el miedo a volver a caer allí, nos motivara a no recaer. Me tomó tiempo comprender mi papel. Al principio resistía los días de encierro, ¿si no como me encerrarán aquí? PERFECTO, ¿Qué más da? Ni quien quiera salir. Pero fue espantoso. Me quitaron mi ropa y solo traía puesta una bata delgada. Era invierno, mis cobijas seguían manchadas del licuado que tiré el primer día, ¡me quitaron mis mantas! Sólo tenía sábanas. El frío era insoportable, al igual la soledad y el aburrimiento de estar allí, entre cuatro paredes naranjas, donde no hay si quiera una caja de cereal que leer. El hedor de la comida podrida acumulada en la habitación era espantoso. Después, me quitaron el foco. Esto me hizo enojar tanto, que comencé a golpear las puertas y el vidrio de la ventana, que no pude romper. Traté de romper la cama y matarme con algún alambre. No lo logré, pero empecé a gritar y a dejarme llevar por la histeria. No fue mucho tiempo, las enfermeras llegaron y me amordazaron, me pusieron cinta en la boca y después me rodearon los brazos. Quedé inmóvil y callada. Ese día no hubo cena y dormí inmovilizada y muriéndome de frío. Al día siguiente, perdí la noción del tiempo, no había luz del foco y me habían tapado la ventana con bolsa negra. Cada minuto se pasó lento. Mi fuerza se rompió y volví a llorar.
No supe que hora era cuando la enfermera llegó y me volvió a dar de comer. Esta vez no me opuse y comí, comí con tanta decisión que parecía que aquel pan duro con consomé de pollo eran mi manjar favorito. Cada vez que deseaba ir al baño, tenía que tocar un timbre. Solo podía ir al baño si había transcurrido al menos media hora después de la comida. Alguna enfermera llegaba, y me abría el baño. Este baño era pequeño, con puertas de acrílico opaco, que no llegaba a cubrirte los pies. Justo como los baños públicos de un centro comercial. A continuación, la enfermera me pedía que pusiera las manos sobre el acrílico, para que pudieran ser vistas por ella. Observaba así que no usara mis dedos para provocarme vómito y que mis pies no delataran que me ponía de espaldas para inclinar mi cabeza a la taza. Salir y comer en el comedor general tampoco fue gran cosa. Nos revisaban siempre para no hacer trampas, y a menudo las enfermeras se burlaban de nosotros, y todos alrededor de la enorme mesa, terminábamos llorando mientras comíamos con esfuerzo. La amargura de las lágrimas de todos se me contagiaba, y por alguna razón, las ganas de llorar eran inaguantables.
Las enfermeras no tenían mejor adjetivo calificativo que, ''hijas de puta''. Echaban a perder toda la terapia psiquiátrica que recibíamos, diciéndonos que ''nos veíamos más gordas'' o que ''estás a punto de reventar, pero sigue comiendo, que no te queda de otra''.
Había una enfermera joven especialmente ensañada conmigo. Todo el tiempo se burlaba de mi, hasta que una vez me sacó de quicio y no tuve más que agarrarla a golpes, hasta terminar pisoteándole la cara salvajemente hasta que alguien llegó a detenerme. Quizá pasé 18 días de encierro y amordazada de vez en cuando, pero me alegra que ella perdió tres dientes y nunca los recuperará. Perra.
Mi estancia por mi mala conducta se alargó a 8 meses. Cuando salí, ya pesaba lo doble que pesaba al entrar. Pero salí bien, o al menos, así me lavé el cerebro, porque más valía creérmela, o de lo contrario, volvería a caer en esa mierda de lugar.
De todas formas, si no fuera por el encierro, no me hubiera salvado de morir a los 15 años.
jueves, 13 de noviembre de 2014
Diario de alguien [4]
*Estas notas son memorias, no me están sucediendo, aclaro, pasaron hace ya varios años.*
El Calabozo.
Hoy tampoco me levanté con muchas ganas de vivir. No sé como tomé la fuerza para levantarme y bajar a desayunar con mi familia. Es domingo. Tampoco puedo creer que me hayan convencido de combatir mi tristeza y tratar de levantarme, de verdad estaba convencida de que ya no estaba en mis planes estar viva. Pero bueno, aunque yo no quiera haré el... esfuerzo. Creo.
Mis padres me llevaron al médico, llevaré una dieta especial. Hace tres días juré a mi familia que comería, pero realmente les he estado mintiendo de nuevo, me las sigo ingeniando y mi estómago sigue vacío, cosa que ellos no saben. Por la tarde fuimos al super, mis padres comprarían cosas para mi dieta especial y debo elegir también alimentos que me gusten. Qué emoción...
No quise decir nada... oh-oh, me estoy mareando, me temo que esto será un desmayo. Estoy en medio de un pasillo del super mercado, con mis padres. No quiero alarmar a nadie, no puedo desmayarme. Mi vista se nubla y se oscurece. Mis oídos zumban. Convulsioné.
Mi padre conduce presuroso, en un rato ya estaba en el hospital. Al abrir los ojos, empecé a hacerme de la idea, quizá ya había llegado mi momento, voy a morir, me da igual, ya no se verá tan intencional. Tengo mangueras conectadas a mis venas. Voy a morir. Se siente todo muy extraño. Me duele todo. Ojalá muera pronto, ya no quiero dolor. Al fin mamá entra y me explica que no moriré. Aún tengo oportunidad para sobrevivir, y no sé si alegrarme o decepcionarme, ya me había resignado, ya hasta me había emocionado. Tengo que estar unos días alimentada con mangueras, mientras sana mi estómago, después podré comer, cada vez más normal.
Me metieron una sonda de la boca a mis intestinos, los cuales estaban pegados. Varias veces tuve que soportar sondas. Eso y más limpiezas para mis riñones, me hicieron tratamientos hasta en la boca, que tenía destrozada. Todo el tiempo mi brazo estuvo lleno de agujas, pero hubo más la primera semana, el doctor mencionó que tenía desnutrición severa, tendría que ser llenada de emergencia con vitaminas, para mi anemia y atrofia muscular, recibí palanquetas de mis familiares, lo que nadie notaba es que alrededor de estas constantes curaciones, se me quitaban cada vez más las ganas de vivir. A penas tuve fuerza para levantarme, me las arreglé para pasar al baño a ver si seguía ahí aquella botella de cloro. Ahí estaba. Sin dudarlo, puse la botella en mis labios y bebí grandes tragos de cloro.
Vaya gran estupidez. Trata de suicidarse en un maldito hospital. En poco tiempo ya estaba de nuevo acostada y llena de tubos, sufriendo otra maldita limpia de estómago y atrasando aún más la recuperación que forzosamente tenía que sufrir, y más valía aceptarlo, iban a curarme si o si.
Al pasar de las semanas, recuperé un poco de peso, al menos ya podía caminar. Ya estaba lista para salir del hospital, si no fuera porque me diagnosticaron anorexia nerviosa y tenía un pase directo al loquero, cosa que no pude evitar, y ahí estaba semanas después, a lado de mi madre, en el Distrito Federal, esperando a la orientadora que nos llevaría al hospital donde pasaría mis próximos supuestos 4 meses, sin salir, hasta que me recuperara por completo. No había más remedio. Estaba declarada como enferma que necesitaba una buena estancia en la clínica de desórdenes alimenticios. Vi el trayecto, fue largo, pura carretera, árboles, campos.
El edificio era grande. Mi cara de resignación. Mi mamá observaba y su destello de esperanza no desaparecía, me encaminé a las oficinas y todo era limpio y confortable. La Doctora Robles nos recibió con afecto y amabilidad, era alta, gorda, vieja y muy morena. Respiré un poco de paz después de escucharle hablar, después de todo, que alguien te dijera que iba a ayudarte a perder el miedo a la comida y a aprender a valorarte, no era nada malo ni sonaba feo. ¿Qué otra me quedaba? Si de todas formas estaré encerrada, solo me quedaba pensar que no será en vano. Mi madre se fue, me entregó un bolso con mis pertenencias, me dio un beso, me abrazó por unos segundos mientras sus ojos se llenaban de agua. Y me dejó allí.
Mis derechos como persona estaban anulados. Estaba a merced de doctores, una loca sin credibilidad, alguien que siempre estará mal, alguien que tenía sus argumentos inválidos incluso antes de decirlos.
La enfermera me condujo a mi habitación y me pidió sacar todas mis pertenencias en la maleta. La verdad no quería, ni si quiera yo revisé lo que había. Pero que más daba, empecé a poner todo en la cama. Separó mis cosas, metió en una caja mi iPod, mis libros, mi ropa, mi cepillo dental, mis fotografías, mi cuaderno y mis lápices. Mamá sabía lo que necesitaba. Lástima que la enfermera se llevó todo y me dejó solamente con dos rollos de papel higiénico.
Desde el primer día me di cuenta de que estaba en un lugar donde nadie hubiera querido estar. Mucho menos una anoréxica. La puerta volvió a abrirse para que la enfermera me trajera una charola con un sandwich de hígado, sopa aguada de pollo y leche. Leche entera, de vaca. Por si fuera poco, un licuado enorme que desde lejos se veía asqueroso. Además de cápsulas que debía tomar.
Evidentemente no puse la mejor cara cuando vi todo eso. Odiaba absolutamente todo lo que había en la charola, pero no dije nada. En la habitación busqué donde deshacerme de esa porquería. No había bote de basura, no había muebles, no había recipientes, la ventana estaba cerrada, mi puerta tenía seguro. Estaba encerrada en una habitación color naranja, que solo tenía un catre alto y una mesita muy pequeña que tenía arriba dos rollos de papel de baño. No había ropa, no había nada. La ventana no tenía ni cortina, era una simple ventana opaca que hacía que el cuarto estuviera oscuro, donde ni si quiera se podía ver por fuera. Comí un poco del sandwich. Dos o tres mordidas. Odio el hígado. Odio el caldo de pollo, mucho más en sopa, odio el olor de la sopa de fideos y su sabor. Odio la leche de vaca.. ¿de verdad debía tomar ese licuado! ¡ni en sueños, eso si no! ¡QUE ASCO TODO!
Aparté la charola y me acosté mirando al techo. La enfermera tardó, ya estaba creyendo que no volvería. Miró la charola levantando la ceja. Dijo con seriedad:
-Te falta terminar.
-Ya no me cabe más.
-Debes terminar.
-Estoy llena.
-¡NECESITAS ACABAR TODO!
-NI SI QUIERA ME GUSTA. DEME ALGO QUE ME GUSTE Y HARÉ EL ESFUERZO.
-NO ME INTERESA, TE TOMAS ESE LICUADO AHORA.
-Lo intenté, sabe asqueroso.
-No me interesa.
-Entonces tómelo usted.
-NECESITO QUE LO BEBAS. - Gritó, al tiempo que tomó bruscamente mi cabeza, levantó el licuado y me lo puso forzosamente en los labios.
Las manos agresivas de la enfermera hirvieron la sangre de mis venas. El coraje se apoderó de mi y aventé el licuado, todo cayó en el suelo, la cama y en el pecho de la enfermera. Por si fuera poco, me levante y tiré la charola al piso, pisoteando el sandwich.
La enfermera me miró furiosa y se marchó, dejando todo tirado. Después de un rato, la Doctora Robles llegó. Esta vez llegó con un gesto menos gentil. Sosteniendo en sus gordas manos otra charola exactamente igual a la primera. La puso en la mesita y me miró a los ojos.
-No vine a discutir contigo ni a oír tus excusas. Vas a comerte todo eso si es que quieres volver a ver la luz del sol. No vas a poder salir de esta habitación hasta que te acabes, no una, si no muchas charolas iguales o peores que esa. No me importa lo que opines. Si quieres al menos salir a comer con tus compañeras al comedor general, vas a demostrar buena conducta porque no queremos tus malas influencias. De lo contrario, te quedarás aquí hasta que te pudras junto con la comida que vayas dejando, no la sacaremos de aquí ni limpiaremos tus porquerías, de hecho, eso que está en el suelo vas a limpiarlo tú si es que quieres. También podemos enviarte al manicomio o bien, sigue sin comer hasta que recaigas y te de leucemia, recuerda que no estás muy lejos de eso. Entre más problemas des, más tiempo estarás aquí, y déjame decirte que solo tienes el plazo de un año, si se alarga más que eso, pasarás tiempo en el manicomio y eso si que es el infierno. Aquí es el paraíso, aprovéchalo. Así que tú sabes lo que te conviene, si quieres salir de aquí para irte a casa, al manicomio, o a tu tumba.
No tienes permiso de visitas ni de comunicarte hasta que te portes bien. No me respondas nada, lo sabré en una hora que vuelva a ver si esa charola está COMPLETAMENTE vacía. Hasta luego.
La doctora salió de la habitación. Comí con rapidez para no saborear tanto tiempo. Con trozos de papel de baño, limpié la comida del suelo.
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El Calabozo.
Hoy tampoco me levanté con muchas ganas de vivir. No sé como tomé la fuerza para levantarme y bajar a desayunar con mi familia. Es domingo. Tampoco puedo creer que me hayan convencido de combatir mi tristeza y tratar de levantarme, de verdad estaba convencida de que ya no estaba en mis planes estar viva. Pero bueno, aunque yo no quiera haré el... esfuerzo. Creo.
Mis padres me llevaron al médico, llevaré una dieta especial. Hace tres días juré a mi familia que comería, pero realmente les he estado mintiendo de nuevo, me las sigo ingeniando y mi estómago sigue vacío, cosa que ellos no saben. Por la tarde fuimos al super, mis padres comprarían cosas para mi dieta especial y debo elegir también alimentos que me gusten. Qué emoción...
No quise decir nada... oh-oh, me estoy mareando, me temo que esto será un desmayo. Estoy en medio de un pasillo del super mercado, con mis padres. No quiero alarmar a nadie, no puedo desmayarme. Mi vista se nubla y se oscurece. Mis oídos zumban. Convulsioné.
Mi padre conduce presuroso, en un rato ya estaba en el hospital. Al abrir los ojos, empecé a hacerme de la idea, quizá ya había llegado mi momento, voy a morir, me da igual, ya no se verá tan intencional. Tengo mangueras conectadas a mis venas. Voy a morir. Se siente todo muy extraño. Me duele todo. Ojalá muera pronto, ya no quiero dolor. Al fin mamá entra y me explica que no moriré. Aún tengo oportunidad para sobrevivir, y no sé si alegrarme o decepcionarme, ya me había resignado, ya hasta me había emocionado. Tengo que estar unos días alimentada con mangueras, mientras sana mi estómago, después podré comer, cada vez más normal.
Me metieron una sonda de la boca a mis intestinos, los cuales estaban pegados. Varias veces tuve que soportar sondas. Eso y más limpiezas para mis riñones, me hicieron tratamientos hasta en la boca, que tenía destrozada. Todo el tiempo mi brazo estuvo lleno de agujas, pero hubo más la primera semana, el doctor mencionó que tenía desnutrición severa, tendría que ser llenada de emergencia con vitaminas, para mi anemia y atrofia muscular, recibí palanquetas de mis familiares, lo que nadie notaba es que alrededor de estas constantes curaciones, se me quitaban cada vez más las ganas de vivir. A penas tuve fuerza para levantarme, me las arreglé para pasar al baño a ver si seguía ahí aquella botella de cloro. Ahí estaba. Sin dudarlo, puse la botella en mis labios y bebí grandes tragos de cloro.
Vaya gran estupidez. Trata de suicidarse en un maldito hospital. En poco tiempo ya estaba de nuevo acostada y llena de tubos, sufriendo otra maldita limpia de estómago y atrasando aún más la recuperación que forzosamente tenía que sufrir, y más valía aceptarlo, iban a curarme si o si.
Al pasar de las semanas, recuperé un poco de peso, al menos ya podía caminar. Ya estaba lista para salir del hospital, si no fuera porque me diagnosticaron anorexia nerviosa y tenía un pase directo al loquero, cosa que no pude evitar, y ahí estaba semanas después, a lado de mi madre, en el Distrito Federal, esperando a la orientadora que nos llevaría al hospital donde pasaría mis próximos supuestos 4 meses, sin salir, hasta que me recuperara por completo. No había más remedio. Estaba declarada como enferma que necesitaba una buena estancia en la clínica de desórdenes alimenticios. Vi el trayecto, fue largo, pura carretera, árboles, campos.
El edificio era grande. Mi cara de resignación. Mi mamá observaba y su destello de esperanza no desaparecía, me encaminé a las oficinas y todo era limpio y confortable. La Doctora Robles nos recibió con afecto y amabilidad, era alta, gorda, vieja y muy morena. Respiré un poco de paz después de escucharle hablar, después de todo, que alguien te dijera que iba a ayudarte a perder el miedo a la comida y a aprender a valorarte, no era nada malo ni sonaba feo. ¿Qué otra me quedaba? Si de todas formas estaré encerrada, solo me quedaba pensar que no será en vano. Mi madre se fue, me entregó un bolso con mis pertenencias, me dio un beso, me abrazó por unos segundos mientras sus ojos se llenaban de agua. Y me dejó allí.
Mis derechos como persona estaban anulados. Estaba a merced de doctores, una loca sin credibilidad, alguien que siempre estará mal, alguien que tenía sus argumentos inválidos incluso antes de decirlos.
La enfermera me condujo a mi habitación y me pidió sacar todas mis pertenencias en la maleta. La verdad no quería, ni si quiera yo revisé lo que había. Pero que más daba, empecé a poner todo en la cama. Separó mis cosas, metió en una caja mi iPod, mis libros, mi ropa, mi cepillo dental, mis fotografías, mi cuaderno y mis lápices. Mamá sabía lo que necesitaba. Lástima que la enfermera se llevó todo y me dejó solamente con dos rollos de papel higiénico.
Desde el primer día me di cuenta de que estaba en un lugar donde nadie hubiera querido estar. Mucho menos una anoréxica. La puerta volvió a abrirse para que la enfermera me trajera una charola con un sandwich de hígado, sopa aguada de pollo y leche. Leche entera, de vaca. Por si fuera poco, un licuado enorme que desde lejos se veía asqueroso. Además de cápsulas que debía tomar.
Evidentemente no puse la mejor cara cuando vi todo eso. Odiaba absolutamente todo lo que había en la charola, pero no dije nada. En la habitación busqué donde deshacerme de esa porquería. No había bote de basura, no había muebles, no había recipientes, la ventana estaba cerrada, mi puerta tenía seguro. Estaba encerrada en una habitación color naranja, que solo tenía un catre alto y una mesita muy pequeña que tenía arriba dos rollos de papel de baño. No había ropa, no había nada. La ventana no tenía ni cortina, era una simple ventana opaca que hacía que el cuarto estuviera oscuro, donde ni si quiera se podía ver por fuera. Comí un poco del sandwich. Dos o tres mordidas. Odio el hígado. Odio el caldo de pollo, mucho más en sopa, odio el olor de la sopa de fideos y su sabor. Odio la leche de vaca.. ¿de verdad debía tomar ese licuado! ¡ni en sueños, eso si no! ¡QUE ASCO TODO!
Aparté la charola y me acosté mirando al techo. La enfermera tardó, ya estaba creyendo que no volvería. Miró la charola levantando la ceja. Dijo con seriedad:
-Te falta terminar.
-Ya no me cabe más.
-Debes terminar.
-Estoy llena.
-¡NECESITAS ACABAR TODO!
-NI SI QUIERA ME GUSTA. DEME ALGO QUE ME GUSTE Y HARÉ EL ESFUERZO.
-NO ME INTERESA, TE TOMAS ESE LICUADO AHORA.
-Lo intenté, sabe asqueroso.
-No me interesa.
-Entonces tómelo usted.
-NECESITO QUE LO BEBAS. - Gritó, al tiempo que tomó bruscamente mi cabeza, levantó el licuado y me lo puso forzosamente en los labios.
Las manos agresivas de la enfermera hirvieron la sangre de mis venas. El coraje se apoderó de mi y aventé el licuado, todo cayó en el suelo, la cama y en el pecho de la enfermera. Por si fuera poco, me levante y tiré la charola al piso, pisoteando el sandwich.
La enfermera me miró furiosa y se marchó, dejando todo tirado. Después de un rato, la Doctora Robles llegó. Esta vez llegó con un gesto menos gentil. Sosteniendo en sus gordas manos otra charola exactamente igual a la primera. La puso en la mesita y me miró a los ojos.
-No vine a discutir contigo ni a oír tus excusas. Vas a comerte todo eso si es que quieres volver a ver la luz del sol. No vas a poder salir de esta habitación hasta que te acabes, no una, si no muchas charolas iguales o peores que esa. No me importa lo que opines. Si quieres al menos salir a comer con tus compañeras al comedor general, vas a demostrar buena conducta porque no queremos tus malas influencias. De lo contrario, te quedarás aquí hasta que te pudras junto con la comida que vayas dejando, no la sacaremos de aquí ni limpiaremos tus porquerías, de hecho, eso que está en el suelo vas a limpiarlo tú si es que quieres. También podemos enviarte al manicomio o bien, sigue sin comer hasta que recaigas y te de leucemia, recuerda que no estás muy lejos de eso. Entre más problemas des, más tiempo estarás aquí, y déjame decirte que solo tienes el plazo de un año, si se alarga más que eso, pasarás tiempo en el manicomio y eso si que es el infierno. Aquí es el paraíso, aprovéchalo. Así que tú sabes lo que te conviene, si quieres salir de aquí para irte a casa, al manicomio, o a tu tumba.
No tienes permiso de visitas ni de comunicarte hasta que te portes bien. No me respondas nada, lo sabré en una hora que vuelva a ver si esa charola está COMPLETAMENTE vacía. Hasta luego.
La doctora salió de la habitación. Comí con rapidez para no saborear tanto tiempo. Con trozos de papel de baño, limpié la comida del suelo.
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miércoles, 12 de noviembre de 2014
Más allá del cuerpo.
Dejando a lado las quejas, desglosando y profundizando mi vida e ideas, poco a poco me di cuenta de que yo no puedo dejar mis trastornos, porque yo soy mis trastornos. Sin ellos me quedaría vacía. Cada análisis y frase que leo o pienso, me trasladan al recuerdo o se ajustan a los aspectos de mi propia vida. Como si cada párrafo se relacionara con alguna retorcida idea.
Ya no tengo que llorar siempre. Ya no tengo que buscar un prototipo ni alcanzar un número en una báscula.
Al entender la vida y sus aspectos, esperar cualquier vuelta súbita, aceptar su lado sombrío y entender que no todo está en mis manos, me di cuenta que lo único que puedo manipular plenamente, es mi cuerpo, y es mi mente. Me agrada estar también en el círculo vicioso que mantiene mis pensamientos y emociones ocupados, el de verme y sentirme gorda, desafiarme o ir tras algo, no satisfacer mi hambre y cambiar el aspecto de mi cuerpo mil veces.
Ya no es gran cosa bajar de peso. ¿Por qué subir si lo es? Entendí entonces que nada de eso influía. Simplemente es el hábito favorito, bajar, subir, bajar, sonreír porque estoy bajando y nadie me lo impide y yo lo estoy sintiendo. Necesitaba una obsesión para mantener mis pensamientos ocupados.
Igualmente, se ajusta perfecto a mi deseo principal, que es morirme. Es decir, quizá odio tanto la vida que la pruebo y la desafío, queriendo caminar varías veces en la cuerda floja, a orillas de la muerte. ¿Qué tan lejos sería capaz de llegar? A veces, me dan ganas de sentir esa sensación. Ir al fondo y regresar.
Claro que necesitaba una excusa para agarrar el camino y descubrir este condimento. Y ese fue creer que estaba gorda y que debía adelgazar. Empecé a creer que sería feliz delgada. La razón es tomada en cuenta para no morir cuando no quiero morir. No adelgazar más cuando no te quieres morir. Adelgazar más para acercarte a la muerte, quizá solo para acariciarla o tal vez para ver lo que dice el destino, que ya no me importa más.
No me da miedo errar, no le temo a la desgracia como debería. Creo que lo único poderoso en mi vida es mi mente, aún más que el destino y mi ''suerte''. Si ella quisiera, podría ahora mismo convencerme del suicidio. Por eso mismo, ya no encuentro formas de contaminarla, no me hostiga el remordimiento ni
los juicios de los demás.
Ya me acostumbré a vivir con el daño, no hace falta curarme con los métodos que dicen que debo usar para sanar, gracias a ella de igual manera descubrí pasiones y refugios confortables. Es una manera de odiar la vida, ir en contra de ella, y no sentirme tan a merced del destino. Y si tengo que culpar a alguien, que sea a mí. Y si tengo que ser castigada, que sea por mí misma.
Ya no tengo que llorar siempre. Ya no tengo que buscar un prototipo ni alcanzar un número en una báscula.
Al entender la vida y sus aspectos, esperar cualquier vuelta súbita, aceptar su lado sombrío y entender que no todo está en mis manos, me di cuenta que lo único que puedo manipular plenamente, es mi cuerpo, y es mi mente. Me agrada estar también en el círculo vicioso que mantiene mis pensamientos y emociones ocupados, el de verme y sentirme gorda, desafiarme o ir tras algo, no satisfacer mi hambre y cambiar el aspecto de mi cuerpo mil veces.
Ya no es gran cosa bajar de peso. ¿Por qué subir si lo es? Entendí entonces que nada de eso influía. Simplemente es el hábito favorito, bajar, subir, bajar, sonreír porque estoy bajando y nadie me lo impide y yo lo estoy sintiendo. Necesitaba una obsesión para mantener mis pensamientos ocupados.
Igualmente, se ajusta perfecto a mi deseo principal, que es morirme. Es decir, quizá odio tanto la vida que la pruebo y la desafío, queriendo caminar varías veces en la cuerda floja, a orillas de la muerte. ¿Qué tan lejos sería capaz de llegar? A veces, me dan ganas de sentir esa sensación. Ir al fondo y regresar.
Claro que necesitaba una excusa para agarrar el camino y descubrir este condimento. Y ese fue creer que estaba gorda y que debía adelgazar. Empecé a creer que sería feliz delgada. La razón es tomada en cuenta para no morir cuando no quiero morir. No adelgazar más cuando no te quieres morir. Adelgazar más para acercarte a la muerte, quizá solo para acariciarla o tal vez para ver lo que dice el destino, que ya no me importa más.
No me da miedo errar, no le temo a la desgracia como debería. Creo que lo único poderoso en mi vida es mi mente, aún más que el destino y mi ''suerte''. Si ella quisiera, podría ahora mismo convencerme del suicidio. Por eso mismo, ya no encuentro formas de contaminarla, no me hostiga el remordimiento ni
los juicios de los demás.
Ya me acostumbré a vivir con el daño, no hace falta curarme con los métodos que dicen que debo usar para sanar, gracias a ella de igual manera descubrí pasiones y refugios confortables. Es una manera de odiar la vida, ir en contra de ella, y no sentirme tan a merced del destino. Y si tengo que culpar a alguien, que sea a mí. Y si tengo que ser castigada, que sea por mí misma.
lunes, 10 de noviembre de 2014
Agonía.
Yo la conozco, yo estuve en un edificio regido por ella, por la anorexia.
Todas nosotras la teníamos dentro, a todas nos conocía bien, ella estaba en la mente de nosotras, estaba en el lugar correcto para controlar nuestras acciones, emociones y pensamientos.
Compartíamos el mismo demonio.
Aquí no hablaré sobre las bobadas que dicen las imágenes de Tumblr. No diré que se puede curar ni disimular. Hablaré de su verdadera cara, cuando logras conocerla bien. Hablaré, de como se apodera de ti gradualmente.
La anorexia es una enfermedad mental. Desde el principio, en el fondo de tu ser, sabes perfectamente que lo que estás haciendo, está mal. Por eso ocultas y mientes para poder lograr un ayuno, cada día es una lucha constante y un desafío. Un desafío para mi cuerpo, que aún tenía hambre, que estaba acostumbrado al buen trato, y un desafío para mi mente, la cual debía idear planes para evadir la comida, y además debía ser fuerte para vencer los gruñidos de mi estómago.
Pero no, no quería enfermarme. Cuando decidí no comer, ya era una persona con uso de razón, alfabetizada e informada, la escuela y mi entorno se encargó de enseñarme que había enfermedades, llamadas anorexia y bulimia. Debo decir que siempre tuve cierto interés y curiosidad sobre el tema, en la primaria solía hacer trabajos escolares enfocados en investigaciones sobre estas enfermedades. NUNCA se cruzó por mi cabeza que yo, una niña flaca que amaba los dulces, podría desarrollar estas increíbles enfermedades... ¿Distorsión corporal? ¿Cómo puede ser posible que alguien se vea gordo con un peso tan bajo? Por muy enfermo que esté de la mente, se me hacía increíble que fuese tan ciego, se necesitaba no ver ni sentir para poder ir a ese extremo de sentirse gordo siendo un esqueleto. Eso justamente pensaba, por eso mismo lo investigaba. Me parecía muy extraño.
Pasaron algunos años y la pesadilla inició. Sin tener en mis planes enfermarme, ya que, hasta este entonces aún me parecía imposible percibirse gordo siendo flaco, decidí bajar de forma insana, sabiendo que muchas de mis conductas eran propias de personas con enfermedades alimenticias, sin embargo, nunca lo consideré así, aunque no se lo mencionaba a nadie, porque sabía que nadie entendería que lo que hacía no era enfermedad, solo quería dejar de ser gorda, era todo.
Sin embargo, un día empecé a caer, de repente había ya perdido los kilos que deseaba perder, sin embargo, no sentía gran felicidad por ello. De hecho, sentía una extraña desesperación al observar mi reflejo. Cada chica delgada que se cruzaba en mi camino, me hacía recordar mi tenaz y obsesivo deseo. No podía ya quitarme eso de mi mente, quería cambiar, quería huir de ese cuerpo de una sola vez, me ponía terriblemente ansiosa el hecho de imaginar que no podía bajar con rapidez, que desgraciadamente, me costaba trabajo, que mi impaciencia crecía a medida de que recordaba lo mucho que tenía que esperar para poder obtener lo que quería, y eso si tenía la suerte de llegar a lograrlo. Al final de todo, se me acumulaba la frustración, impotencia y presión, después llegaba la angustia, la tristeza, de pensar que no era lo que era, que no lo lograba, que no sabía si algún día lo conseguiría. Lo mal y lo inconforme que estoy conmigo, no lo sé, sé que llorando no logro nada, pero no puedo parar de llorar, noche tras noche, después de ingerir algo, después de pesarme, después de sentir que subo de peso a medida de que digiero cada bocado. Odiaba ser fea, no ser tan linda como muchas, sentirme tan lejos de ser algo, saber que soy demasiado común para destacar en algo, pensar que soy la peor en lo que hago mejor. Sentía que mi lugar en el mundo era innecesario, nada de esto tenía sentido, que seguir respirando era vano.
No diré que no me dolió esta etapa ni diré que no la sufrí. Pero si me ponen a elegir entre quedarme así, o evolucionar, hubiera preferido quedar siendo aquella persona aún inocente y sensible, que no quería ver y aceptar que estaba enferma, quien se negaba a conocer a su demonio. Quien prefería tapar sus oídos a las voces malignas. El tiempo me hizo desembrollar mi mente, cosa que nunca debí haber hecho. Profundizar y cuestionar cada uno de mis sentimientos y acciones, me di cuenta de que nunca jamás volvería a ser la misma, que esta espina en mi cerebro jamás se irá, y si logra irse dejará un agujero lleno de recuerdos y pensamientos que no se callaran, quizá solo susurren, estarán ahí, los escucharé siempre y ellos lo saben.
Me convirtieron en una persona extraña y apática. Una persona misántropa, vacía, en ocasiones aborrecible, y aborrecida de igual manera. Ya ni si quiera trato de ser entendida ni escuchada a mis cercanos. Solo me callo porque no vale la pena discutir y contaminar ideas ajenas, o bien, no lograr convencerlos y solo seré el juzgado de sus mentes. Ya no digo nada y soy de pocas palabras, no confío en nadie ni quiero fácilmente. No creo en la felicidad eterna ni en el karma, lo que siembras no cosechas, tus sembradíos que lograste con sacrificio serán invadidos y asesinados por plagas cuando menos te lo esperes, aunque no tengas la culpa de nada.
Me toca mirar como me hago cada día más pequeña, me toca ver como mi cuerpo se consume, y yo ciega a veces a ello, siguiendo la maldita voz, ignorando la lógica y la realidad, dejándome guiar por una fantasía maligna. No puedo detenerme, y sentir como adelgazo es lo único que me hace sentir bonita, al menos un momento. A veces no me quiero morir y no puedo detenerme.
No digan que es algo solo mental, y que sufren mucho solo por su insoportable reflejo y por oír los dolorosos juicios que su mente les hace. Es a penas el principio, tiene solución, ojalá me hubiera dado cuenta y hubiera tratado de huir. Esto es mucho más allá del bajo estima, algo está manejando tu cuerpo, lo mueve a la destrucción, ya no eres tú, eres un títere de tu propio demonio. Si el te dice que te cortes, lo harás, si te dice que adelgaces, lo harás, si te dice que te mates, lo harás. No importa que el poco amor que alguna vez te tuviste, logre sentir un poco de pena y amor por tu frágil cuerpo o un poquito de temor a la muerte. Sigo caminando hacia un abismo con una venda en los ojos.
Después de todo, te estás suicidando con lentitud. Y la parte más dolorosa de esto, llega justo cuando se refleja en tu cuerpo. Duele el cuerpo, porque lo has lastimado demasiado, muchísimo. Y eso es directamente proporcional al nivel de daño, de tu cerebro. El cuerpo será un reflejo del caos que hay en tu cabeza.
Todas nosotras la teníamos dentro, a todas nos conocía bien, ella estaba en la mente de nosotras, estaba en el lugar correcto para controlar nuestras acciones, emociones y pensamientos.
Compartíamos el mismo demonio.
Aquí no hablaré sobre las bobadas que dicen las imágenes de Tumblr. No diré que se puede curar ni disimular. Hablaré de su verdadera cara, cuando logras conocerla bien. Hablaré, de como se apodera de ti gradualmente.
La anorexia es una enfermedad mental. Desde el principio, en el fondo de tu ser, sabes perfectamente que lo que estás haciendo, está mal. Por eso ocultas y mientes para poder lograr un ayuno, cada día es una lucha constante y un desafío. Un desafío para mi cuerpo, que aún tenía hambre, que estaba acostumbrado al buen trato, y un desafío para mi mente, la cual debía idear planes para evadir la comida, y además debía ser fuerte para vencer los gruñidos de mi estómago.
Pero no, no quería enfermarme. Cuando decidí no comer, ya era una persona con uso de razón, alfabetizada e informada, la escuela y mi entorno se encargó de enseñarme que había enfermedades, llamadas anorexia y bulimia. Debo decir que siempre tuve cierto interés y curiosidad sobre el tema, en la primaria solía hacer trabajos escolares enfocados en investigaciones sobre estas enfermedades. NUNCA se cruzó por mi cabeza que yo, una niña flaca que amaba los dulces, podría desarrollar estas increíbles enfermedades... ¿Distorsión corporal? ¿Cómo puede ser posible que alguien se vea gordo con un peso tan bajo? Por muy enfermo que esté de la mente, se me hacía increíble que fuese tan ciego, se necesitaba no ver ni sentir para poder ir a ese extremo de sentirse gordo siendo un esqueleto. Eso justamente pensaba, por eso mismo lo investigaba. Me parecía muy extraño.
Pasaron algunos años y la pesadilla inició. Sin tener en mis planes enfermarme, ya que, hasta este entonces aún me parecía imposible percibirse gordo siendo flaco, decidí bajar de forma insana, sabiendo que muchas de mis conductas eran propias de personas con enfermedades alimenticias, sin embargo, nunca lo consideré así, aunque no se lo mencionaba a nadie, porque sabía que nadie entendería que lo que hacía no era enfermedad, solo quería dejar de ser gorda, era todo.
Sin embargo, un día empecé a caer, de repente había ya perdido los kilos que deseaba perder, sin embargo, no sentía gran felicidad por ello. De hecho, sentía una extraña desesperación al observar mi reflejo. Cada chica delgada que se cruzaba en mi camino, me hacía recordar mi tenaz y obsesivo deseo. No podía ya quitarme eso de mi mente, quería cambiar, quería huir de ese cuerpo de una sola vez, me ponía terriblemente ansiosa el hecho de imaginar que no podía bajar con rapidez, que desgraciadamente, me costaba trabajo, que mi impaciencia crecía a medida de que recordaba lo mucho que tenía que esperar para poder obtener lo que quería, y eso si tenía la suerte de llegar a lograrlo. Al final de todo, se me acumulaba la frustración, impotencia y presión, después llegaba la angustia, la tristeza, de pensar que no era lo que era, que no lo lograba, que no sabía si algún día lo conseguiría. Lo mal y lo inconforme que estoy conmigo, no lo sé, sé que llorando no logro nada, pero no puedo parar de llorar, noche tras noche, después de ingerir algo, después de pesarme, después de sentir que subo de peso a medida de que digiero cada bocado. Odiaba ser fea, no ser tan linda como muchas, sentirme tan lejos de ser algo, saber que soy demasiado común para destacar en algo, pensar que soy la peor en lo que hago mejor. Sentía que mi lugar en el mundo era innecesario, nada de esto tenía sentido, que seguir respirando era vano.
No diré que no me dolió esta etapa ni diré que no la sufrí. Pero si me ponen a elegir entre quedarme así, o evolucionar, hubiera preferido quedar siendo aquella persona aún inocente y sensible, que no quería ver y aceptar que estaba enferma, quien se negaba a conocer a su demonio. Quien prefería tapar sus oídos a las voces malignas. El tiempo me hizo desembrollar mi mente, cosa que nunca debí haber hecho. Profundizar y cuestionar cada uno de mis sentimientos y acciones, me di cuenta de que nunca jamás volvería a ser la misma, que esta espina en mi cerebro jamás se irá, y si logra irse dejará un agujero lleno de recuerdos y pensamientos que no se callaran, quizá solo susurren, estarán ahí, los escucharé siempre y ellos lo saben.
Me convirtieron en una persona extraña y apática. Una persona misántropa, vacía, en ocasiones aborrecible, y aborrecida de igual manera. Ya ni si quiera trato de ser entendida ni escuchada a mis cercanos. Solo me callo porque no vale la pena discutir y contaminar ideas ajenas, o bien, no lograr convencerlos y solo seré el juzgado de sus mentes. Ya no digo nada y soy de pocas palabras, no confío en nadie ni quiero fácilmente. No creo en la felicidad eterna ni en el karma, lo que siembras no cosechas, tus sembradíos que lograste con sacrificio serán invadidos y asesinados por plagas cuando menos te lo esperes, aunque no tengas la culpa de nada.
Me toca mirar como me hago cada día más pequeña, me toca ver como mi cuerpo se consume, y yo ciega a veces a ello, siguiendo la maldita voz, ignorando la lógica y la realidad, dejándome guiar por una fantasía maligna. No puedo detenerme, y sentir como adelgazo es lo único que me hace sentir bonita, al menos un momento. A veces no me quiero morir y no puedo detenerme.
No digan que es algo solo mental, y que sufren mucho solo por su insoportable reflejo y por oír los dolorosos juicios que su mente les hace. Es a penas el principio, tiene solución, ojalá me hubiera dado cuenta y hubiera tratado de huir. Esto es mucho más allá del bajo estima, algo está manejando tu cuerpo, lo mueve a la destrucción, ya no eres tú, eres un títere de tu propio demonio. Si el te dice que te cortes, lo harás, si te dice que adelgaces, lo harás, si te dice que te mates, lo harás. No importa que el poco amor que alguna vez te tuviste, logre sentir un poco de pena y amor por tu frágil cuerpo o un poquito de temor a la muerte. Sigo caminando hacia un abismo con una venda en los ojos.
Después de todo, te estás suicidando con lentitud. Y la parte más dolorosa de esto, llega justo cuando se refleja en tu cuerpo. Duele el cuerpo, porque lo has lastimado demasiado, muchísimo. Y eso es directamente proporcional al nivel de daño, de tu cerebro. El cuerpo será un reflejo del caos que hay en tu cabeza.
Diario de alguien [3]
El pozo.
Era mi deber moral salir de mi habitación y subir al auto con mis padres y dirigirme a casa de Vale.
Sin embargo, me quedé ahí, encerrada en mi cuarto, con la mirada perdida.
No fui a su velorio, ni a su entierro, ni a sus rezos. No me aparecí para nada.
Lo supe esta mañana, el tercer infarto la mató. Ya no lo soportó. Yo lo sabía, pero no me preparé para esto. Ni le dije adiós. ¿Cómo decirle adiós? La última vez que la vi estaba mirando hacia la nada, con los ojos saltones y enrojecidos, una enorme sutura que abarcaba de su comisura al pómulo. Cortó su boca y la atravesó hasta perforar la piel de su rostro, ella misma con una navaja. No podía hablar, la venda la cubría, entendía su ausencia de diálogo, pero supe que no estábamos en el mismo canal, cuando vi su mirada vacía que no parecía percibirme, sus oídos que no parecían escucharme. El aparato metálico en su cabeza, callaba las voces que su mente regían. Atornillada a su cráneo, de sus sienes escurrían gotas de sangre. Muchas mangueras y agujas se desprendían de su cuerpo. Mi boca temblaba por el esfuerzo de no liberar el nudo de mi garganta. En mi mente susurré un agradecimiento para ella y todo lo que vivió conmigo. Acaricié su mano amoratada que desprendía aquel brazo cubierto de vendas, quise mirarla a los ojos y no pude. Salí de la habitación y en el pasillo su madre lloraba. No soporté mucho y de mis ojos humedecidos salieron unas cuantas lágrimas, mientras su mamá caminó conmigo, abrazándome con un brazo, diciéndome que todo saldría bien y que Vale pronto estaría sana. Sabía en el fondo que mentía, pero, ¿para qué contradecirle?
Quizá me sentía demasiado culpable como para pararme en su velorio y ver como todos lloraban alrededor de su ataúd, escena que probablemente yo pude haber evitado si hubiese hablado antes.
Si tan solo no hubiera hecho que le hicieran daño, quizá ella no se hubiera dejado caer tan rápido.
Quizá si hubiera intentado salvarla de su infierno en vez de consentir sus actos y ser su tapadera...
Tal vez debí haber buscado ayuda de los demás para ayudarla, muy tarde entendí que no podría yo sola.
Esa mañana que me enteré de su muerte, solo esperé sentada en la orilla de mi cama, hasta oír la cochera cerrarse y sentirme sola. No había llorado desde que oí la noticia. No había casi si quiera hablado. No sé si era la incredulidad o mis sentimientos encontrados.
Cuando me sentí sola, mi garganta lanzó un grito de furia y lancé todo objeto a mi alcance, volaron perfumes, peines y todo lo del tocador. Me dejé caer de nuevo en la cama, frote mi cara con ambas manos ansiosas, y luego me recosté y lloré hundiendo mi rostro en la almohada.
Entonces me lamenté muchas veces de no ser yo quien estuviera descansando bajo la tapa de un féretro. Yo contribuí a su destrucción, yo hice que se drogara, yo hice que sufriera el abuso, yo hice que se rompiera su corazón, y sin embargo, aquí estaba, respirando, respirando como si quisiera respirar. ¿Por qué había muerto la persona noble, tierna y buena, para salvar a una basurita como yo? ¿Por qué la vida se lleva a las personas que valen la pena pero deja que las basuras sigan caminando por ahí? Por salvarme de traumas y estragos que yo misma debí haber pasado, ahora ella estaba muerta. Me enseñó que esta vida conduce a ese sitio, a la muerte. Y más vale que lo haga rápido y pronto, porque no quiero escapar del camino a la muerte, es más, yo misma pienso trazarlo.
Yo me encargaré de desintegrarme como sucedió con Valentina. Quiero pronto que se me caiga hasta el último cabello, que mis uñas se rompan y que mi cuerpo pese. Que mi piel se pegue al hueso y que pierda el poco color que le queda, quiero que mi estómago se pudra de desuso. Que los ácidos desgarren mi garganta y muera desangrada. Podría matarme ahora mismo, pero soportaré y sufriré lo que merezco. Basura de mierda.
Y todo fue sucediendo al pasar de los días. Mis lágrimas mojaban el papel donde escribía lo que no quería decir a nadie. Luego ya no tenía fuerza para sostener el lápiz o levantar la cabeza, mis ojos se cerraban y mi cabeza daba vueltas hasta oscurecer por completo mi vista. Me costaba el simple hecho de levantar un brazo, ni hablemos de levantarme, mis piernas pesaban y mis articulaciones dolían, parecían estar endurecidas. Mi cabeza reventaba de dolor, mi estómago dolía, cada rugido de mis intestinos resonaba causando un dolor ruidoso y extraño. Mi cuerpo estaba muy frío, tan frío por fuera, y caliente por dentro.
Me miro a menudo al espejo con una mezcla de burla, repudio y desconocimiento a mi persona...
Quizá no puedo creer haberme convertido en esto, en una loca, infeliz, fantasma, con el alma disipada. Que solo desea y quiere morir, ¡YA! Supongo que esta media sonrisa es porque me burlo o me da gusto estar así, desnutrida y acabada, sin fuerzas para levantarme, con las venas marcadas, la cara escurrida, las mejillas sumidas, los ojos saltones y la quijada salida. Eso probablemente me indica que estoy cada vez más cerca del cero. Cada vez más cerca de desvanecer en la nada. De dejar de sentir y de que mis pensamientos se apaguen. Solo quiero que se apaguen, no quiero ser nada.
Mi papá ha quitado la puerta de mi habitación y de todas formas me resisto a salir. Traen comida y quieren obligarme, siempre me negué hasta que me arrastraron al auto para llevarme a la clínica. Saqué el exacto de la bolsa y amenacé con quitarme la vida si me sacaban de mi maldito cuarto. La comida se pudre debajo de mi cama, en bolsas de plástico. Mis labios están secos, me duele el pecho.
Me desmayo al menos una vez al día. No recibo a nadie, ni amigos, ni a Daniel, quien me busca diario y me manda regalitos. Lo culpo de buena parte de la desgracia de Valentina. Ya no voy a la escuela, no puedo estar ni si quiera de pie, y hasta sentarme me duele, los huesos de mis nalgas rozan incómodamente cuando me siento en la madera. Me siento cerca del final, pero tengo miedo de que mis padres interfieran.
Hoy es mi cumpleaños, cumplo 15 años. Mi fiesta de cumpleaños indudablemente estaba suspendida, no podía hacer más que estar acostada. Mi familia se reunió alrededor de mi cama. Mi mamá me hizo un pastel de chocolate, el cual no pude ni probar, mi boca estaba destrozada por heridas en la lengua, mejillas, encías y paladar, yo misma me las hice para que el dolor me impidiera comer. Mi pequeño hermano de 8 años me entrega un perrito de peluche, sus ojos me miran fijamente, cristalinos, conteniendo el llanto, mientras fingía sonreír. Hago sufrir a un niño que amo tanto, con toda mi alma, lo hago sufrir porque soy una mierda. Mi padre me abraza, su rostro cambió su semblante y se ve extraño. Al sostenerme en sus brazos, hundió su cara en mi hombro y comenzó a llorar como nunca creí escuchar llorar a mi padre, el hombre de la mirada más dura. Mi corazón terminó de romperse . ¿Cómo era capaz de causarles ese dolor? ¿Por mi maldita vida? ¿Por qué sufren por algo que no valoro? No sé qué decirles, mis labios no se despegan. Mi mamá me da la noticia de que tendré otro hermano. Mi cara se iluminó. Quiero conocerlo. No pienso en nada más que en eso durante esos minutos. Luego que pongo los pies en la tierra, me doy cuenta de que quizá pueda sobrellevar mis días, con ese dolor implacable que siento en el pecho, como si una bestia aplastara mi corazón con fuerza. Como si una nube gris se apoderara de momento de mi cerebro que intentaba sanar.
Dicen que si no nos amamos a nosotros mismos, no podemos amar. Pero yo seguía viva, por amor a los demás.
domingo, 26 de octubre de 2014
Para Samuel.
Fue una voz de hombre que empezó a hablarme hace unos años. Primero aparecía en la noche, pero hoy aparece todo el tiempo. Siempre me regaña y me recalca lo que hago mal, y además me menosprecia. Me habla de como fracasaran mis planes, me habla agresivo, a veces no hago nada malo y solo tiene ganas de insultarme. Después, empecé a sentir su aliento en el oído, como si realmente alguien me estuviera hablando. Por la noche, cuando estoy a punto de dormir, su voz me despierta para molestar. Nunca me ha dicho nada alentador.
No le des a una persona más capacidad de análisis.
No dejes que deje de creer las palabras lindas.
No permitas que deje de creer en los que la rodean.
No le muestres lo enfermo que está el mundo.
Hazle creer que saldrá pronto. Que imagine que será feliz.
Haz que viva una vida sin pesimismos, que siga el camino que
le trazan los maestros.
Haz que piense que su cuerpo luce bien.
Haz que ame su rostro.
Haz que crea en la amistad.
¡Que confié en los demás!
Que no se guarde todo, que no exploté, que no saque todo de
una vez.
Que lo saque por partes, para que la soporten
Que nadie la deje sola, haz que viva.
Haz que ame y que confíe.
Hazla simple y nunca destruyas sus ilusiones.
No le borres su visión al futuro.
Sin visión al futuro ella no sabrá a donde llegar.
Nunca le diste nada.
No sabe a dónde se dirige.
Se está asesinando y no le importa.
Cree que es joven y capaz.
Cree que pasará cuando crezca.
Cree que solo es problema de adolescentes.
¿Y si su demonio crece?
¿Y si sus huesos se rompen?
¿Y si sus ilusiones se evaporizan?
Ojalá todo viniera con un instructivo.
‘’Hey, oigan, cuiden a esta niña, cuando entre a la adultez
estará completamente LOCA’’
Nadie te lo dice.
Solo un día ya no eres la misma.
Solo está esperando para entrar, el demonio.
Cuando estés más susceptible y ociosa, entrará el con
ventaja.
Porque el no respeta reglas ni justicias, el solo quiere a
todos a sus pies.
Me ha manipulado para ser como el.
Como Samuel.
El vive en mi mente y me recuerda lo inútil y patética que
soy, subrayando siempre los errores de mi vida y las partes más oscuras y
deprimentes de ella.
¿Cómo puedes vivir con Samuel?
Maldita sea la suerte donde alguien conoció a su Samuel,
aunque se llame diferente o no tenga nombre.
¡Hey!
¿Recuerdas, vida, cuando mi mamá vio mi rostro por primera
vez?
¿Recuerdas lo que dijo mi papá cuando me cargó junto a ella?
¿Recuerdas su cara de emoción? ¿Lo que dijeron, y lo que
esperaron?
Ellos no querían esto que soy.
Ellos fueron buenos, fueron fantásticos.
¿Por qué LOS CASTIGAS???
Quien quiera que seas, dios, no sé a qué juegas.
Soy yo, si dicen que las vidas realmente graves, consisten
en perder mis extremidades o tener una enfermedad terminal, aquella que surge después de que me has dejado construir
una vida llena de flores, ¿por qué no sólo me diste una enfermedad y definiste
una fecha de muerte?
¿Por qué en vez de eso, contaminaste tanto mi cerebro para
que fuera capaz de ser terminal al grado en el que se volvió un botón de
autodestrucción que puedo apretar con un cortón de venas en un ataque
psicótico?
Creo que soy la antagonista de mi propia película, ni si
quiera tengo el honor de ser la protagonista, porque tú, maldito fantasma y
maldito dios ‘’regidor de la tierra’’ quién es más injusto y sádico que nadie,
a quién le gusta ver sufrir al mundo, decidiste mandar a la tierra a tus
demonios, disfrazados, de cuerpos.
¿Por qué mi cuerpo y por qué mi entorno?
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